En el mundo de la química analítica, la precisión lo es todo. Una diferencia de apenas unas gotas puede alterar el resultado de un experimento o invalidar un análisis completo. Por eso, la bureta se ha convertido en uno de los instrumentos más emblemáticos del laboratorio: un tubo largo y graduado que permite medir y dispensar volúmenes de líquido con exactitud milimétrica.
Este artículo explora su historia, diseño, funcionamiento, aplicaciones y comparaciones con otros instrumentos.
La bureta fue desarrollada en el siglo XIX, en plena expansión de la química analítica. Su invención se atribuye a Karl Friedrich Mohr, un químico alemán que perfeccionó el diseño para facilitar las titulaciones. Antes de la bureta, los químicos dependían de pipetas y matraces, lo que hacía los análisis más lentos y menos precisos.
La bureta revolucionó la práctica al permitir un control gradual del líquido y la posibilidad de observar directamente el volumen dispensado.
Una bureta típica está hecha de vidrio borosilicato (resistente al calor y a la corrosión) y consta de:
Existen variantes modernas en plástico o con sistemas digitales que mejoran la precisión.
La bureta es indispensable porque:
La bureta se utiliza principalmente en:
| Instrumento | Precisión | Volumen | Uso típico |
| Bureta | Alta | Variable | Titulaciones |
| Pipeta volumétrica | Muy alta | Fijo | Preparación de soluciones estándar |
| Pipeta graduada | Moderada | Variable | Transferencias aproximadas |
| Vaso de precipitados | Baja | Variable | Mezclas generales |
La bureta es mucho más que un tubo graduado: es un símbolo de precisión y rigor científico. Su diseño minimalista asegura que cada gota cuente y que los resultados sean confiables. En cada titulación, la bureta recuerda que la química es tanto arte como exactitud.
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